Uno no puede detenerse, atarse un cordón suelto, sufrir un
ataque de tos paralizante. Un pie, otro pie, sin obstruir la vereda, sin freno
repentino o choque de hombros accidental. Es un juego de autitos chocadores a
la inversa, más efectivo cuanto menor el contacto. Un caos de bolsas y tacos,
de bocinas y voces. Brazos gastados ofreciendo volantes mudos, que cambian de
manos sin leerse y que terminan aplastados en la marea de zapatos, entre carteles
luminosos y vidrieras replicadas. Una sola masa que te tironea y te fragmenta
en mil pedazos, en la que mil ojos cansados quieren cerrarse y por un segundo, no
ver más que el revés de sus párpados, un tibio naranja aterciopelado.
Dentro de toda esta corriente de botones y bufandas, a la
vuelta de la esquina, ahí al lado de la estación de subte, hay un banquito. Y
sobre el banquito, una cara anaranjada, por cuya boca florecen notas aviadoras.
Un trompetista náufrago, que toca para nadie, con un sombrero vacío plantado a
sus pies. Se adivina una sonrisa detrás del instrumento dorado y, en sus ojos
cerrados, se lo adivina a él. La gente pasa perdida y no lo nota, pero él
tiende su red con paciencia y espera que alguna persona quede atrapada en los
pistones de su trompeta. Vos respirás el aire exhalado por aquel pulmón de latón
y te quedás encadenado al banquito, al hombre desconocido que sopla su alma en
tu cara, imprimiendo en cada nota una huella digital.
Termina la canción y se encuentran sus miradas. En su cara
hay una sonrisa gastada, como su saco verde, como su frente agrietada, pero
satisfecha, limpia y canela. Tus dedos buscan ciegamente dentro de tu bolsillo
y dejás caer en el sombrero negro tres monedas plateadas como él, para después
seguír caminando por la avenida. Mirás para arriba, cubierto en terciopelo
naranja, y mientras sigue fluyendo la marea de la calle, vos escuchás como la
canción vuelve a empezar.