domingo, 17 de marzo de 2013

El trompetista


Uno no puede detenerse, atarse un cordón suelto, sufrir un ataque de tos paralizante. Un pie, otro pie, sin obstruir la vereda, sin freno repentino o choque de hombros accidental. Es un juego de autitos chocadores a la inversa, más efectivo cuanto menor el contacto. Un caos de bolsas y tacos, de bocinas y voces. Brazos gastados ofreciendo volantes mudos, que cambian de manos sin leerse y que terminan aplastados en la marea de zapatos, entre carteles luminosos y vidrieras replicadas. Una sola masa que te tironea y te fragmenta en mil pedazos, en la que mil ojos cansados quieren cerrarse y por un segundo, no ver más que el revés de sus párpados, un tibio naranja aterciopelado.

Dentro de toda esta corriente de botones y bufandas, a la vuelta de la esquina, ahí al lado de la estación de subte, hay un banquito. Y sobre el banquito, una cara anaranjada, por cuya boca florecen notas aviadoras. Un trompetista náufrago, que toca para nadie, con un sombrero vacío plantado a sus pies. Se adivina una sonrisa detrás del instrumento dorado y, en sus ojos cerrados, se lo adivina a él. La gente pasa perdida y no lo nota, pero él tiende su red con paciencia y espera que alguna persona quede atrapada en los pistones de su trompeta. Vos respirás el aire exhalado por aquel pulmón de latón y te quedás encadenado al banquito, al hombre desconocido que sopla su alma en tu cara, imprimiendo en cada nota una huella digital.

Termina la canción y se encuentran sus miradas. En su cara hay una sonrisa gastada, como su saco verde, como su frente agrietada, pero satisfecha, limpia y canela. Tus dedos buscan ciegamente dentro de tu bolsillo y dejás caer en el sombrero negro tres monedas plateadas como él, para después seguír caminando por la avenida. Mirás para arriba, cubierto en terciopelo naranja, y mientras sigue fluyendo la marea de la calle, vos escuchás como la canción vuelve a empezar.