viernes, 13 de septiembre de 2013

Green thumb

Mis pulmones llenos de aire tibio,
son dos globos aerostáticos propulsados al cielo.
Nace una fauna y flora nuevas bajo mi piel
con mi primer aliento al despertar,

golpeando mis costillas como un segundo pulso.
Suena un acordeón desde una ventana vecina,
se cuela con el viento en la habitación,

con su suavidad de sábana,
arqueándome el lomo como gato erizado.

Me vuelvo receptáculo y abrigo
para las manos vagabundas 
de tu espíritu inquieto,
en la calma de la mañana
en un abrazo eterno.

Sopa de letras


Un chico corre por un puente, acelerando sus pies hasta desprenderse de la astillada madera, con un pulso acelerado tamborileando en sus orejas enrojecidas. Se tropieza con un agujero en el suelo y cae bruscamente, soltando al aire el pilón de hojas que sujetaba entre sus brazos. Cierra los ojos, contrae sus músculos y llena sus pulmones, antes de saltar repentinamente y lanzarse hacia arriba en una enérgica exhalación, intentando pescar entre sus manos alguna de las numerosas hojas que danzaban en picada hacia el agua. Sin éxito. Caen niño y hojas en las aguas del río. Mientras que la corriente no es suficiente para ser una amenaza para el chico, que se sujeta rápidamente a una roca, las páginas son arrastradas inevitablemente río abajo frente a un par de impotentes ojos grises. En su nado, dejan caer palabras, alimento para los peces que se cruzan por su camino. Una en particular, la página 47, tiene como destino ser tragada textualmente por un majestuoso bagre, que con cara seria y dignificada, ingiere de un solo trago todas sus letras, con puntuación y tildes.

Ese bagre de boca grande tiene la desgracia de ser miope. Nunca llega a distinguir con claridad el anzuelo que al rato cruza su camino y que, a diferencia de las suaves y digeribles palabras de la página 47, se clavaría filosamente en su garganta, dejándolo a merced de un joven pescador. Irónicamente, éste tiene los mismos ojos grises que el chico del puente. Cargando el pescado en su bolsa junto con los demás, lo lleva para su casa donde lo espera su familia. Su madre lo recibe malhumorada por la hora, ya es tarde y no comenzó con la cena. Pone sobre la mesa la pesca del muchacho y separa con admiración al majestuoso bagre de los demás peces escuálidos. Comienza rápidamente a preparar su sopa de pescado. Al rato, pone los cinco platos sobre la mesa y llama a sus hijos a cenar.

Mientras sirve la comida, el único que se percata de algo extraño es el hijo menor. Revolviendo con su cubierto, nota algo diferente en el plato, algo pequeño y huidizo que nada en su interior. No es hasta que pesca una H con su cuchara, que pega un grito a su madre. Ella sobresaltada mira dentro de la olla y observa el resultado de su sopa. Su cena se había transformado en una sopa de letras.