domingo, 16 de diciembre de 2012

El hombre de la imprenta


Levitan lunas lunáticas los lunes, 
noches en que baño mis ojos cansados 
lamiendo lagañas de papel,
escurriendo tinta de mis raíces,
lavando letras lánguidas.

Logro limpiarme lentamente, 
borrando de mis dedos azules 
los libros leídos. 
Pero admiro aquellos lugares 
limítrofes, latentes, 
que quedan dibujados en mi piel de imprenta. 

Maullidos


Ponía el oído a veces contra la puerta del terreno abandonado, en la que el candado y las cadenas inamovibles contrastaban con la fachada de madera roída. Escuchaba. 
Los maullidos venían de lo profundo, como si todo el baldío respirara, como si fuera un gato inmenso y solitario, quejándose. A veces encontraba en la vereda un par de gatos haciendo guardia, mirando desconfiados las manos desconocidas. Debatían girando sobre sus propias colas, preguntándose si el plato que tenía entre ellas traería veneno o comida, acostumbrados a que pocas cosas buenas suelen provenir de hombres con zapatos. Pero el hambre es siempre mayor y después de tantearlo un rato con el hocico, se acercaban al plato abandonado sobre puerta y empezaban a comer. Al minuto tenían compañía, salía a saludar el gato inmenso, los mil maullidos, mostrándole al hombre un esbozo de lo que tapan esas paredes gruesas, pintadas y cubiertas de carteles. Observaba la materialización de decenas de pulsos pequeños en cuestión de segundos, ojos desconfiados y dudosos seguidos de latidos hambrientos. 
Se imaginaba en esos momentos qué esconderían las mil paredes de la ciudad, si una ya ocultaba tantas panzas hambrientas y tanta vida olvidada. Cuánto escondería todo un laberinto de luces y cemento, cuántos platos harían falta para calmar todas las narices que olfatean el aire, todos los maullidos de la calle. 
Así se iba caminando, sintiendo sus manos más pequeñas que nunca y su plato un dedal.

martes, 11 de diciembre de 2012

Belleza terminal


Vomito vocales, vanamente verborrágica.

Lo visito así, con sonrisa pintada y brillos baratos, sentándome en su silla cuál león de circo adiestrado, escondiendo las garras en el almohadón, así dibujada, hecha una postal. Volcando vanidades sobre su alfombra, le hablo de mis viajes, de mi marido, de mi mundo. Mientras mi boca canta estas trivialidades, se me congela de a poco la espalda. Mis frivolidades suenan como  uñas sobre un pizarrón, un escalofrío eterno en mi cuello desnudo. Él no llega más allá del hola, del ofrecimiento de café y de un sincero y diminuto cómo andás, antes de ser arrinconado por mi discurso escrito, preparado de antemano, obscenamente calculado. Diez años increíbles, le repito con insistencia a cada rato, tantas historias para contar, tantas ventanas y tantos paisajes -uno por cada ciudad desembarcada- y dentro de ese remolino de vida, yo. Con voz acelerada, le agradezco por el empujón hacia la boda, se lo atribuyo todo a él, a ese último encuentro necesario donde logró convencerme de que era lo mejor.
Me enmudezco de repente, tomo un descanso, respiro y bajo la mirada.

Vuelvo a alzar la vista del suelo y lo miro por primera vez desde que entré. Observo esta casa que pudo haber sido mi casa y a este hombre que pudo también haber sido mío. Lo miro y lo veo. Me sonríe con una de sus eternas sonrisas gastadas y me invade la rabia, porque encuentro sus ojos llenos de compasión, llenos de entendimiento e infinitamente pacientes. Descubro en ellos los ojos de un viejo que me mira como a una hija y me tienta a quebrarme, astillar mi figura, caer al piso y largarme a llorar. No había servido de nada el acto, porque estábamos ahí los dos y se sentía el paso de los años. Yo ya no era tan joven y en su pelo apagado nacía la ceniza, en el aire flotaban nuestras vidas caminadas. Me sentí hundirme en la miseria de los cambios, de las elecciones hechas. Ante mi resignación trágica, él solo rellenó mi taza de café y luego de unos segundos me dijo: Te extrañé.

Algo tan simple como eso, desdibujó mi personaje y me hizo callar. Volví a ser la joven en sus vientipico, comprometida con un hombre al que le tenía cariño, con el que me casaría porque sí, porque era lo esperable, porque un futuro sin sorpresas era más fácil que desbandarlo todo. Y él, él con sus libros, él con sus palabras, sus subibajas y sus historias, él que me daba antojo de sorpresas, que me mostraba mi jaula sin que se lo hubiera pedido. Cuando lo veía, sentía que él había viajado más que lo que yo en diez años, sin moverse de su casa. ¿Cómo no enamorarse de aquél hombre de sonrisa gastada y ojos claros? Aunque no cambiara nada y durara lo que dura un día. ¿Cómo olvidarse de un día para otro el camino a su casa? Un camino que había aprendido por casualidad, charlando con un desconocido en la plaza. No entendía como había logrado ese desconocido conocerme en pocos meses tanto como mi esposo en años. Lo había amado locamente como se ama algo destinado a terminar, con fecha de vencimiento. Tal vez lo había elegido por eso, porque sabía que no iba a perseguirme cuando me fuera, porque me quiso el tiempo que me tuvo y sólo eso, sabiendo de antemano todo lo que vendría al año, mi destino de esposa nómade, recién casada y ya embarcada, para pasar años sin echar raíces, pisando mil costas nuevas de la mano de mi nuevo marido el capitán de barco.

Y ahora, acá estábamos, en un juego vacío donde las reglas yacían olvidadas. Yo, con mis temperas corridas por el agua salada de diez años de mar y costa. Él, el mismo de siempre, pero envejecido, con su biblioteca más empolvada, con sus historias más olvidadas, pero el mismo desconocido de la plaza. Y frente a él, por fin pude desentumecer mis músculos y abandonar mi pose, borrar diez años de mi vida que supieron erosionarme la piel.

Su mano acarició mi cara como tantas veces antes, con una suavidad casi dolorosa, mientras susurraba mi nombre. Me sentí por un momento un relato más de sus libros, la mujer de mar que toca tierra una vez cada diez años, esperando encontrar a su amante y que por la mañana la devuelva al agua. No era mi culpa solo poder  ver así la belleza, una belleza terminal con fecha de vencimiento, una belleza efímera a la que sujetarse momentáneamente, un hombre de ojos claros al que amar hasta que me raptara la marea.

lunes, 3 de diciembre de 2012

La petite mort


Mil mareos movilizan mis maniatados martes, mis miércoles mejor mirarlos morir. Mis martes minados, muerden mis manos, masticando mi modestia.

Llega la noche y yo mirando la puerta, mirándote. Con paso lento y acompasado entrás en la habitación y con los mismos pasos te vas. En el medio estoy yo, un paso más, lento y acompasado hasta que despunta la mañana. Hasta ese momento soy una mujer sin miedos y puro instinto, hasta ese minuto no toco el suelo ni me detengo a respirar. Es cuando te vas, luego de esos infinitos ceros, al llegar el nuevo día, ese día de muerte y olvido, de madrugadas solitarias y café destinado a enfriarse en su taza, mañanas desnudas en el balcón; mañanas de humo e insomnio; que caigo al piso bruscamente.

Mis malditos miércoles, 
mis múltiples muertes.

Venís sin promesas, pura verdad. Sería más fácil si todo fuera un crimen, un engaño, una estafa. Pero sos tan mezquino que me robás hasta el derecho de acusarte. Maldigo tus idas tanto como amo tus llegadas, tal vez más, tal vez menos. Después de todo sigo abriéndote la puerta todas las semanas, para que entres como un gato a mi casa y como un gato te vayas, para nacer y morir en cuestión de horas.


Ritos de portería


Ventanas abiertas de par en par susurrando las verdades de un millar de personas. Retazos de conversaciones, el ruido de agua hirviendo, toses, gritos, las voces de la telenovela. Y un oído atento escuchándolo todo, recopilando las vidas de la gente de la cuadra.
Ricardo, presencia inalterable en la puerta del edificio de Lavalle, sentado sobre su escalón, diario a medio leer en las manos, prestando su oído al mundo. Era lo mismo todos los días, desde que asomaba el sol sobre los balcones enrejados. El mate amargo con tostadas, la baldeada diaria a la vereda, rito de portería, y el momento de sentarse. Desde su lugar privilegiado, prestaba atención al desfile de vecinos, actores laboriosos que sabían de memoria su guión. 

Primero, madrugadora, la vecina del 1ro D, cantante de ópera jubilada con una voz lejos de estarlo. Todas las mañanas junto a la ventana daba su concierto privado, acompañada por el ruido de persianas y locales abriendo, canción con olor a pan caliente de la panadería de la esquina. Ricardo, página va, página viene, asistiéndola con el golpeteo de su zapato sobre las baldosas. Para cuando terminaba el primer acto y la cantante hubo vuelto a su jaula de ladrillos, ya estaba despierta la familia del 2do E. Era el momento de los gritos por cereal con leche, las corridas en busca de medias, el ir y venir y los vamos que es tarde, mientras Ricardo resolvía los crucigramas con tinta y ceño fruncido. Más abajo, en el 1ro B, sin interludio, un violín siendo afinado; la estudiante de conservatorio en su ensayo matinal, dirigiendo un dueto con los ladridos del perro del 3ro A, que retumbaban desde el balcón, mientras eran salteados los avisos fúnebres y los clasificados en favor de los espectáculos y las tiras de historieta.

A Ricardo le gustaba abstraerse un poco en esos momentos, sentirse él un poco instrumento de cuerda, sentir que era a él al que afinaban y preparaban para el día; el placer de la rutina querida que sienta raíces en la piel de uno y se nos dibuja sobre las huellas digitales. Llegada la última página, cerraba el diario y entraba nuevamente al edificio con alegre pasividad, aquellas mañanas de portería.

Absurdo


Admiración por las sorpresas, los arrebatos, lo inusual. Por las casualidades, los tropiezos, los sobresaltos. Por detenerse congelado en la calle sin razón. Por dudar de los hombrecitos del semáforo que nos dicen cuando andar. Por mirar a los animales con ojos conversadores y esperar una respuesta. Por subir las escaleras mecánicas al revés.

Amor por lo ilógico pero indispensable, por las nimiedades y los detalles. Por las fundas de almohada, la cávala, las supersticiones.  Por la risa nerviosa, los hoyuelos, los ticks diarios. Por cantar en la ducha, por contar los pasos, por los garabatos en los márgenes de las hojas. Por dos, por tres, por cuatro.

Un admirable amor por lo absurdo. Un absurdo amor para admirar.

D de dilema


Desgasto dorados domingos de diurna dislexia,
días desarmados, de dormir despierta;
días de dilemas, de debilidades.
Detrás de dudosas determinaciones,
desarmo diálogos, diseccionándolos.
Días, días, días,
descifrando dados, destinos, 
desentrañándote,
descubriéndote despacio.

domingo, 28 de octubre de 2012

Desconocidos


Nos estamos hamacando en este ir y venir desde hace rato, desde que me miraste y te descubriste reflejada desde el otro lado. En eso estamos todavía, haciéndonos los indiferentes, mientras observo la curvatura de tu boca. Puedo tratar de ignorar esa curva roja, tu boca cerrada y fruncida que censura gestos, que forma un gancho para sujetar fuerte mi mirada. En este acuerdo tácito, este permiso para investigarnos y recorrernos con los ojos furtivamente, nos invadimos de a poco, violamos nuestros espacios y nos llenamos de esa adrenalina que acompaña el sabernos intencionalmente indiscretos. De repente nos cruzamos nuevamente las miradas, nos enfrentamos pasivamente, espías descubiertos en el acto. Ahí es cuando ceden las comisuras de tus labios, sonreís y es un pasaje, una puerta abierta. Hay algo curioso en saberse observando algo por primera vez, la magia de que seas una completa desconocida y tu gesto completamente nuevo. Al segundo tu sonrisa encuentra su espejo y florece en mis labios, que te devuelven el saludo en un ida y vuelta. La distancia que nos separa se acorta sin dar un paso, en esta habitación abarrotada de gente, en esta fiesta sin música, en la que tu cara desconocida en un instante deja de serlo.

Cómo matarte por antojo


Mastico mi conciencia gajo por gajo,
exprimiéndola con violencia,
tragando pulpa y semilla.
Mi garganta se cierra más de lo que quisiera
cuando descubro en mi lengua la acidez,
ese gusto a escalofríos
de saber mi transgresión.
Se rebelan los personajes de mi biografía
en la cáscara deshecha, en los pliegues rugosos,
en los minúsculos detalles de pieles rotas.
Ahí estás vos, en la punta de mis dedos,
en mi boca endulzada, en mi panza satisfecha,
en mis venas vivas, en mi sangre hirviendo,
en la tortuosa costumbre de no dejarte escapar.
Te como sin preguntar, sin pensar, puro instinto.
Sos tan fácil de desgajar que me olvido que no puedo,
mis dedos te buscan, hincan uña,
te desnudan y desangran
y en este vil ritual 
te sacrifico a mi capricho
te lastimo, otra vez, en esta maldita práctica
de empalagarme de noche y desaparecer de día.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Amoldando los zapatos


Calzándote la vida cruda, la gente desnuda,
tratando de vivir sin plantilla,
de agarrarte de los días sin cordón,
moldeando cuero y suela, no tu uña y piel,
descalzándonos por capricho,
con tus pies sobre la tierra,
seguir caminando, vos y tu huella,
un laberinto de pisadas sobre el jardín
y siempre tuya 
la elección de cuál rayuela jugar.

Cadáver de noche, bondi de madrugada


A veces todo se reduce a un mar de baldosas y el sabor de gritos, sudor y alcohol en tu garganta. Tres cuadras, una plaza, negocios cerrados, persianas bajas, llegar a la esquina y doblar a la derecha, 15 pasos y una parada de colectivo.
En esos segundos, minutos, que forman días enteros ocupados en ir y venir, caminando por calles desiertas con pasos cansados, las cosas tienden a desdibujarse como fotografías pixeladas. Querés atravesar de un salto las ventanas de los edificios dormidos y espiar a la gente que duerme, ahogarte en la curva que te espera el final de cada cuadra, ver que se esconde detrás de todo, desentrañar las cosas como si diseccionar madrugadas fuera tu vocación, tu vida, la esencia de cada una de tus domingos. Ya no sabés dónde acaban los techos de las casas y donde empieza el cielo y en tus ojos latentes, las copas de los árboles parecen de acuarela y se destiñen, se vuelcan en un horizonte con olor a sal, a velas y vuelo.
La sensación de tus dedos fríos cargando esa liviandad de plumas, de noche deshecha, de café oscuro. La resaca de un sueño enredado aferrándose al marco de tus lentes, esperando que caigan tus párpados, que se niegan, que no descansan, y un poco más de café oscuro para que se lleve el sabor de las horas muertas.
Tus ojos nublados caminan más rápido que tus pies y ven todo con la desesperación de saberse descolocados, de saber que los demás ojos con los que se cruzan no miran igual. Todos cargan con su resaca de blanca almohada, de sueño deshilachado y guardado bajo llave, de mirada enfocada más para adentro que para afuera. Miradas de traje, miradas con sabor a dentífrico, a pan caliente, a costumbre matinal. Y en la tuya, los techos de las casas se siguen volando y los árboles ya no acaban en ningún lugar, solo suben o bajan infinitamente, serpientes mordiendo su propia cola en una danza inacabable.
A veces te preguntás sobre qué estarán apoyadas las baldosas que parecen tan frágiles, tan inseguras a las 6:30 am. Te preguntás si alguna vez duermen y simplemente dejan que el mundo caiga y se estrelle con la nada misma. Tal vez descansan apoyadas sobre raíces, las que se esconden debajo de la ciudad, las raíces de árboles tristes, encerrados entre cuatro paredes de cemento sobre la vereda. Sabés que rebalsan, que son tanto más que esas líneas grises que los contienen. Y te gusta pensar, que caminás sobre un laberinto, sobre algo vivo, que en cualquier momento te puede tragar y acunar en sus brazos de clorofila y dejarte por fin cerrar los ojos, bajar los párpados. Te gusta pensar que cuando los abras vas a descubrir tus dedos fríos convertidos en hojas con olor a noche, humo y a cientos de respiraciones apretadas. Verdes tus uñas y las yemas de tus dedos brotando, robándose oxígeno e intoxicando el aire nocturno. Porque en la oscuridad, sin testigos ni luz que las delate, las plantas cambian sus máscaras. La venganza de miles de pequeños seres, que cuando huye la luz del día abren un segundo par de ojos y se dejan ver como son y se roban el aire que supieron darte en el refugio del sol. Alzan sus hojas y suben, desafiantes e infinitas, por unas horas, para volver a plantarse en la tierra con el primer rayo, con la tristeza de un mar de baldosas, con el sabor a gritos, sudor y alcohol en sus gargantas, gente dormida, dedos fríos que cargan el cadáver de la noche.
Llega el bondi vacío y te quedás dormido sobre la ventana sabiendo que cuando despiertes ya no te vas a acordar del vértigo de las baldosas flojas ni lo que esconden. Una serpiente mordiendo su propia cola y girando, cada noche igual.

martes, 11 de septiembre de 2012

R de retruco


Río,  
recordándote, rememorando romances, reviviendo rostros. 
Relampaguean recuerdos rotos, reaparecen reclamándome resurrección,
rehuyendo rigor mortis. 
Respondiéndoles río,
refugiándome, reventándome. 
Resistiendo ríos rapaces, recreando ritualmente refugios,
rehusando relamer rencores rancios. 
Río, 
radiante, retrucándote, resucitando, 
río.

miércoles, 22 de agosto de 2012

A de astro


Alma alunada, alma astronauta, amás aquel absurdo.
Aquellos andares aéreos ante astros ardientes.
Asesinás abismos azules al arribar aquel amarillo anaranjado, aquél abrupto amanecer.
Aterrizás angustiado, añorando ambientes alucinados.
Avanzás abstraído, ausente al atardecer, anticipando aquellas aventuras astronómicas, aquél amparo, aquella alegre almohada. 
Alma alunada, alma astronauta.

T de tinta


Te tarareo toscos torbellinos, tirando tercamente tés.
Tanteo tus tatuajes, tan terriblemente tuyos; tímidas trepaderas transitando todo tu talle. 
Tejiendo tu temeroso teatro, tallaste telegramas, telares tartamudos. 
Te tornaste totalmente turquesa. 
Tu trágica tinta te transfiguró, tendiendo trenes, transportando testigos, testimoniando tu tiempo, tus tristezas, tus tempestades.

Ensayo

Probando...uno, dos, tres