lunes, 23 de noviembre de 2015

En aquel rincón al final de la ruta

¿Qué era -me detuve a pensar-, qué era lo que así me desalentaba en la contemplación de la Casa Usher?
- Edgar Allan Poe
Con un movimiento automático vació el cenicero sobre las rocas, mirando desde su ventana cómo las cenizas volaban hasta alcanzar las aguas negras. Se veían pocas cosas fuera del agua profunda, que respiraba como una criatura viva. Aquel mar había dominado su horizonte desde que tenía recuerdo: para Mariano las ventanas nunca dieron a nada más que a ese animal oscuro y eterno. En la casa de al lado, la única a kilómetros alrededor, se había asomado una chica que nunca había visto antes. Permaneció ahí, fumando y observando el mar, como un espejo de su ventana, hasta desaparecer tras las primeras señales de la tormenta.
          Era una noche similar a la de aquel día, en la cual Lucas se marchó. Caía la lluvia sin intensidad, las gotas se sostenían en el aire y los ahogaban en un mismo infierno húmedo. Apenas se distinguía la silueta del auto a través de la niebla, alejándose con Lucas por la única ruta de tierra que comunicaba aquél lugar perdido con el resto del mundo. Por fin había visto las grietas que Mariano escondía dentro y decidía huir.
Había vivido ahí con su hermano desde que tenía recuerdo. Era una herencia de su padre, que también les había dejado su huerta, su taller, su camioneta y una vieja relojería. Él había comprado aquella vivienda poco después de la muerte de su madre, que había fallecido en un accidente de auto cuando eran chicos. El resentimiento de su padre después de aquel incidente se extendió a la ciudad entera, a la que culpaba en su totalidad. No bien hubo terminado de enterrar a su mujer vendió su casa y compró esta, el fantasma de lo que antes pudo haber sido una bella casa. Ellos se criaron pescando entre las piedras, nadando y jugando en la inmensidad de las planicies que la rodeaban. Teniendo solo un año de diferencia, Lucas el mayor y Mariano el menor, podían confundirse desde lejos con gemelos, mientras corrían por las rocas. Pero a medida que iban creciendo comenzó a notarse una diferencia entre ellos. Lucas fijaba cada día más sus ojos en la lejanía, observando el horizonte donde se perdía la ruta. Mariano, por su parte, notaba aquellas miradas con desconfianza y aprensión, temiendo lo que traerían. Nació un permanente tironeo entre los dos, como si una cuerda tensada entre sus cuerpos se debatiera en una lucha entre inmovilidad y huida. Con la muerte de su padre, Lucas terminó encargándose de hacer el recorrido todos los días al negocio -vivían lejos del centro, a las afueras de la ciudad- porque Mariano ya no soportaba lidiar con los clientes, decía que lo agotaba.
Así fue como la conoció. Su nombre era Marina. No hablaron mucho sobre ella los primeros días, pero Mariano sintió cómo aquella Marina entró en la casa a través de las repentinas sonrisas de Lucas, su mirada distraída, sus llegadas tarde. Era como si trajera retazos de la ciudad con él. Había noches donde ni siquiera volvía. En aquellas ocasiones, Mariano permanecía frente a la ventana de su cuarto, con un sentimiento de fatalidad apenas contenido. La casa sentía el cambio y se iba cerrando sobre él, culpándolo por aquella traición.
Los días se transformaron en meses y la nueva relación de Lucas continuaba. Un día trajo una foto para que Mariano la viera. Grabó en su memoria aquel rostro sonriente, enmarcado por una cabellera lacia y negra parecida a la de Lucas. Estando ya solo en su cuarto, se quedó observándola más tiempo. Lucas se había olvidado de pedirle la fotografía de vuelta y él la había guardado disimuladamente en su bolsillo. Marina se asemejaba a su nombre, tenía una extraña afinidad. Era una versión femenina de Mariano. Marina, alejando a Lucas del mar. Mientras observaba la imagen, se fue apoderando de él una idea. Necesitaba conocerla. Esa noche no pudo evitar soñar con una cabellera negra.
Pocos días después, Lucas sufrió un accidente mientras arreglaba el techo de la casa. Se encontraba bajando las escaleras, cuando sintió  que uno de los peldaños cedía ante sus pies. Perdió el equilibrio y cayó bruscamente al piso. Una pierna rota y dos meses de yeso, había dicho el médico. Mariano no paraba de pedirle perdón por no haber chequeado la escalera antes y por no haberlo ayudado. Luego de aquel accidente, Mariano empezó a atender el negocio, mientras Lucas se quedaba en la casa. Así fue como finalmente la conoció.

Cuando Marina entró a la tienda, estaba segura de que encontraría a Lucas. Solo después de que Mariano se hubiera presentado, ella se relajó. Físicamente tenía muchos rasgos parecidos a él: sus ojos oscuros, su mandíbula marcada, la forma de su boca. Pero eran muy distintos a su vez. Mariano era más alto y flaco, con hombros rígidos y espalda recta; contrastaba con el gesto relajado y abierto de Lucas. Sobre todo le llamaba la atención la diferencia en sus miradas. Aunque del mismo color, la de Mariano era un enigma. Podía sentirla sobre ella mientras caminaba por la tienda, observando los relojes que se exhibían en la vidriera, sin prestarles atención realmente. Percibía la intensidad con que la miraba y la hacía sentir pudorosa. Mariano le preguntó si podría venir a visitarlo otra vez, quería conocerla y se aburría en la tienda estando solo. Por un segundo, Marina intentó buscar una forma de excusarse, pero enseguida se convenció que no había razones para eso. No entendía la caprichosa desconfianza que le producía Mariano, pero no podía evitar preguntarse qué había detrás de aquellos ojos. Parecían imanes, o más bien, trampas.
El camino desde su casa al trabajo la hacía pasar por enfrente de la relojería. La rutina que tenía hasta entonces, donde siempre visitaba a Lucas, repentinamente se distorsionó, como una imagen refractada en el agua. Porque ya no era él el que la saludaba desde detrás del mostrador y la invitaba a pasar. La hacía sentarse en un banco al lado suyo, le servía café y le preguntaba cosas sobre su vida. Mariano hablaba poco de él y cuando ella le preguntaba por su estado, él se remitía a decirle que se encontraba igual que siempre y después simplemente cambiaba el tema. Ya no dejaba lugar para su hermano en aquellas visitas. Como no tenía otra forma de transporte, Mariano a veces la llevaba en su camioneta a visitar a Lucas. Cuando lo veía, sentía un peso levantarse de su pecho y siempre le prometía que vendría más seguido. Pero a la vez, le incomodaba estar en esa casa. Abrigaba un extraño malestar cuando veía a Lucas y Mariano en el mismo cuarto. Como si los dos no pudieran existir a la vez, como si fueran dos caras de una sola moneda. Lo sentía cada vez que dormía en brazos de Lucas y oía los pasos de Mariano subiendo las escaleras.
Cuando Lucas volvió después de su recuperación, Marina creyó que ya no vería más a Mariano. Pero él continuó yendo a la tienda, turnándose con su hermano. Ahora, cuando pasaba por enfrente del local, no sabía cuál de ellos estaría esperándola. Detrás del mostrador su fundían ambas figuras de forma surrealista. Le parecía que los gestos de Mariano se asimilaban cada día más a los de su hermano y esa duplicidad jugaba con su lucidez.

Se acercaba una tormenta. Mariano observó las nubes grises agolpándose en el cielo rojizo de la madrugada, mientras calentaba el motor de la camioneta. Lucas le había contado sus planes la noche anterior, le había pedido permiso para usar el anillo de su madre. Mariano sabía desde hace tiempo lo que se avecinaba, pero no pudo evitar su estupor ante la noticia, que llegó antes de lo imaginado. Su hermano le había dicho que había encontrado un trabajo en una ciudad grande a varios kilómetros de ahí, a través de un tío cuyo nombre recordaba muy vagamente y cuya cara nunca había visto. Tanto él como Marina tenían ambiciones fuera del pequeño pueblo, había explicado, y si ella aceptaba casarse con él, sabía que eso la haría feliz. Ese día iría a buscar una casa a dónde mudarse y a sellar el contrato con su tío. Había un micro que lo llevaba, pero llegaría tarde y pidió que no lo esperara a cenar. Mariano solo asintió, mientras miraba a su hermano sonreír y pedirle que no pusiera una cara tan trágica, prometiéndole que lo vendría a visitar. Viendo la inocencia en sus ojos, supo que Lucas nunca comprendería sus razones y lo embargó por un segundo la debilidad de la culpa. Esa noche, en los pocos momentos en que pudo dormir, sus sueños se habían vuelto a plagar de melenas oscuras y de una voz familiar que lo llamaba.
Ese día invitó a Marina a cenar en su casa. Previendo sus dudas ante la proposición, agregó que Lucas había viajado por el día, pero que seguro se pondría feliz de verla cuando volviera. El viaje por la ruta se dio en silencio. Le parecía que Marina se esforzaba por no hacer contacto visual, consciente de la cercanía de sus cuerpos en aquel espacio reducido. A lo lejos se escuchaban los truenos.   
Finalmente llegaron a la casa, cuando ya caían las primeras gotas. Empezaba a anochecer y la casa estaba fría e inmersa en penumbras. Mariano comentó que probablemente Lucas se atrasaría por la lluvia. Mientras preparaba la comida sentía a sus espaldas cómo Marina recorría la casa y cómo, sin saber en qué ocupar sus manos, levantaba fotos viejas o acomodaba los almohadones del sillón. El teléfono sonó: era Lucas, avisándole que ya estaba en camino. Mariano miró el reloj y calculó que tendría por lo menos dos horas de viaje desde donde se encontraba. Cuando ella le preguntó quién había llamado, él le dijo que parecía que Lucas no volvería esa noche, que se había inundado el camino.
Sirvió la cena y ambos se sentaron a comer. Marina se sobresaltaba cada tanto con los ruidos de la casa. De repente se oyó un fuerte golpe en el techo y se encontraron a oscuras. Debía haber sido la tormenta, comentó Mariano sin sobresaltarse. Se incorporó a buscar unas velas en la cocina. Cuando volvió, encontró a Marina en el piso; se había tropezado en la oscuridad. Intentó ayudarla, pero cuando se agachó, una brisa apagó rápidamente la llama de su vela y quedaron de nuevo envueltos en la penumbra. Él palpó en el piso la figura de Marina y la sintió temblar al percibir su respiración a centímetros de su cara. Todo sucedió muy rápidamente, en el anonimato de la oscuridad. Sus labios se posaron sobre los de Marina y se selló un acuerdo implícito entre ambos. La sonrisa de Mariano se perdió en la oscuridad, invisible para ella. Lo siguió sin pensar cuando él tomó su mano y la dirigió hacia su cuarto.

Cuando Lucas llegó a su casa, la encontró inmersa en la oscuridad. Probó el interruptor y confirmó que la electricidad se había cortado. Iba a buscar una vela, pero se sorprendió al escuchar ruidos que parecían venir de su cuarto. Al abrir la puerta, tardó en entender lo que veía. Fue solo a medida que sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, que pudo observar lo que iluminaba la pálida luz de la luna a través de la ventana. Pero sobre todo fueron las voces, inconfundibles. Unos gemidos que no podían pertenecer a nadie más. Y abajo de ella, escrutándolo con su mirada, estaba Mariano. Lucas huyó de la habitación, dando un portazo que desconcertó a Marina, sentada de espaldas a la puerta.

Mariano lo había oído llegar desde que escuchó las llaves en la puerta de entrada. Pudo adivinar en la oscuridad su expresión de dolor y confusión. Más allá de la cabellera de Marina, podía entrever el pelo oscuro de Lucas, que se fundía con el que aparecía en sus sueños. Cuando lo vio desaparecer, seguido por Marina, que corría detrás suyo tratando de buscar una explicación inexistente, supo que había ganado. Ella volvió después de un tiempo, agotada y derrotada, llorando. Él había prendido algunas velas y la casa ahora estaba envuelta en largas sombras. Sin mirarla, le dijo que era hora de que se fuera a su casa. Marina parecía no comprenderlo, así que tuvo que ser más claro. Más valía que no apareciera más por su casa, ni cerca de Lucas, le dijo. Le tomaría un tiempo llegar caminando a la ciudad, así que debería empezar ya, agregó. Ante aquellas palabras, ella permaneció muda. El desprecio y la angustia se dibujaban en su rostro a medida que comprendía las dimensiones de aquel engaño. Terminó de vestirse rápidamente y casi corriendo se marchó de la casa, no sin antes maldecir a Mariano en un murmullo sofocado por el llanto. No se sentía responsable. Solo gracias a ella el plan había funcionado. Su preocupación se dirigía hacia Lucas, que ya se había marchado hacía un tiempo y todavía no volvía.
Cuando escuchó de vuelta el ruido de la puerta, Lucas entró empapado y tiritando. Mariano se apresuró a acercarle una manta, pero él la arrojó al piso y se alejó. Por un momento no se dijeron nada, Mariano soportó en silencio la mirada de rencor y dolor que se le dirigía. Podía explicarlo, dijo. ¿Qué podría explicar?, le preguntó su hermano. En su propia cama, con el anillo de casamiento en su bolsillo. ¿Qué podría decir para intentar arreglar las cosas, cuando lo había visto con sus propios ojos? En su enojo y excitación, Lucas no notó que Mariano acortaba la distancia entre ellos. No era Marina quien le importaba, dijo Mariano, pero Lucas no parecía escucharlo. Los labios que rozaron su boca lo tomaron por sorpresa. Se echó atrás sobresaltado, con sus ojos abiertos a más no poder. Siempre estuvo pensando lo que era mejor para él. No la necesitaban. Si ella había sucumbido tan rápido a su seducción, ¿no veía lo que hubiera pasado en el futuro? No lo merecía. Su lugar estaba en esa casa. ¿No entendía que sus nombres estaban inscriptos en ella? No podían dejarla sola. Aferró el brazo de su hermano. Necesitaban permanecer juntos, los tres. La mirada de estupefacción de su hermano se volvió una de espanto. Se había vuelto loco, murmuraba. ¡Esa casa era solo el fruto del resentimiento incurable de su padre! Había un mundo allá fuera, no podía negarlo y obligar a Lucas a darle la espalda también. Si quería quedarse atado a este lugar maldito que lo hiciera, pero se quedaría solo por el resto de su vida, exclamó mientras se liberaba del brazo de Mariano. Le dio la espalda a su hermano y desapareció tras la puerta de su cuarto.
Mariano sabía que estaría molesto al principio, había contado con eso. Pero lo tomó por sorpresa verlo resurgir de su cuarto con una valija y encaminarse hacia la entrada. Desde el marco de la puerta, observó cómo subía a la camioneta, sin dirigirle ni una última mirada. Mariano se adelantó, queriendo detenerlo, pero Lucas ya había arrancado, dejándolo atrás. Permaneció inmóvil, mientras las gotas se deslizaban por su frente. Ya volvería.

Habían pasado varias semanas desde aquel episodio. Los días se sucedían en un eterno letargo, uno tras otro. No había emitido una sola palabra desde entonces. Ya no se molestaba en ir al pueblo. Ahora todo parecía pura irrealidad, una enorme fantasmagoría. Su única realidad siempre se había limitado a aquel techo, las rocas, el mar y la voz de Lucas llamándolo. Se había convertido en el único habitante de un mundo abandonado. Los alimentos se le estaban agotando, pero no lograba preocuparse por eso. Todo el día crujían las maderas de la casa, como si hubiera otra gente viviendo con él. Eso solo lo hacía más consciente de su soledad real.
Hace unas semanas, había descubierto a la nueva inquilina de la casa vecina. Sabía que antes solo vivía ahí un viejo marinero, debía tratarse de alguna nieta o sobrina. Siempre se sentaba frente a una ventana que miraba al mar, que diagonalmente también daba a su cuarto. Esto le permitía espiar su perfil. Era el único rostro humano que veía en las últimas semanas. Por más que nunca hubiera hablado con ella y ni siquiera hubiera capturado su mirada, imaginaba que encarnaba una soledad parecida a la suya. Eran vecinos, pero los separaba una distancia inquebrantable, como líneas paralelas y solitarias que nunca se cruzarían. Su presencia muda lo aliviaba en cierta forma. Cuando él no la miraba, ¿lo escrutarían sus ojos como él hacía con ella, preguntándose por su historia? Le gustaba imaginarse algún día contándole su vida a aquella desconocida, para exorcizar la casa y a sí mismo. Pensaba esto todas las tardes, mientras se desangraba el sol sobre las olas negras y el cuarto quedaba en la penumbra. No tenía energía para molestarse en prender la luz.

Esa mañana cuando se despertó, su tío ya estaba de vuelta en casa, sentado en la cocina. Al lado suyo, se hallaba un hombre uniformado, cuyas palabras murmuradas no llegaba a escuchar. Nadie nunca les hacía visitas. Esperó en las escaleras hasta que se despidieran, antes de terminar de bajar. Tardó un rato en sacarle la historia a su tío, era un hombre obstinadamente reservado. Dijo que lo habían hallado ahí, sobre una silla, inmóvil. Fue gracias a un viejo cliente que venía a reclamar un pedido inconcluso. Él no llegó a verlo, el olor lo detuvo en la entrada, pero sí llamo a la policía para que viniera a investigar. Había contado que la puerta no cedía al principio, tuvo que usar toda su fuerza para girar el picaporte, como si alguien lo estuviera reteniendo del otro lado. La policía no podía explicar lo sucedido. Se determinó la muerte por inanición y deshidratación, pero las puertas estaban abiertas. Ninguno quiso permanecer más de lo necesario y cerraron el caso rápidamente.

Ella no recordaba haber visto a nadie adentro. Desde que llegó, las luces siempre estuvieron apagadas y nunca escuchó el menor ruido. Esa mañana notó por primera vez que su ventana daba a otra igual en la casa vecina. Todo este tiempo, había habido un hombre viviendo al lado en esa oscuridad. ¿Qué habría pasado ahí dentro? Su tío la llamó a comer. Ella cerró su ventana y desvió su vista. El olor a quemado subió desde la cocina y con fastidio pensó en la comida arruinada. El recuerdo de la casa desapareció de su cabeza, como también el del desconocido. Nunca supo siquiera su nombre. La casa seguía en pie, como un enorme ataúd sosteniéndose frente al mar. 

viernes, 13 de septiembre de 2013

Green thumb

Mis pulmones llenos de aire tibio,
son dos globos aerostáticos propulsados al cielo.
Nace una fauna y flora nuevas bajo mi piel
con mi primer aliento al despertar,

golpeando mis costillas como un segundo pulso.
Suena un acordeón desde una ventana vecina,
se cuela con el viento en la habitación,

con su suavidad de sábana,
arqueándome el lomo como gato erizado.

Me vuelvo receptáculo y abrigo
para las manos vagabundas 
de tu espíritu inquieto,
en la calma de la mañana
en un abrazo eterno.

Sopa de letras


Un chico corre por un puente, acelerando sus pies hasta desprenderse de la astillada madera, con un pulso acelerado tamborileando en sus orejas enrojecidas. Se tropieza con un agujero en el suelo y cae bruscamente, soltando al aire el pilón de hojas que sujetaba entre sus brazos. Cierra los ojos, contrae sus músculos y llena sus pulmones, antes de saltar repentinamente y lanzarse hacia arriba en una enérgica exhalación, intentando pescar entre sus manos alguna de las numerosas hojas que danzaban en picada hacia el agua. Sin éxito. Caen niño y hojas en las aguas del río. Mientras que la corriente no es suficiente para ser una amenaza para el chico, que se sujeta rápidamente a una roca, las páginas son arrastradas inevitablemente río abajo frente a un par de impotentes ojos grises. En su nado, dejan caer palabras, alimento para los peces que se cruzan por su camino. Una en particular, la página 47, tiene como destino ser tragada textualmente por un majestuoso bagre, que con cara seria y dignificada, ingiere de un solo trago todas sus letras, con puntuación y tildes.

Ese bagre de boca grande tiene la desgracia de ser miope. Nunca llega a distinguir con claridad el anzuelo que al rato cruza su camino y que, a diferencia de las suaves y digeribles palabras de la página 47, se clavaría filosamente en su garganta, dejándolo a merced de un joven pescador. Irónicamente, éste tiene los mismos ojos grises que el chico del puente. Cargando el pescado en su bolsa junto con los demás, lo lleva para su casa donde lo espera su familia. Su madre lo recibe malhumorada por la hora, ya es tarde y no comenzó con la cena. Pone sobre la mesa la pesca del muchacho y separa con admiración al majestuoso bagre de los demás peces escuálidos. Comienza rápidamente a preparar su sopa de pescado. Al rato, pone los cinco platos sobre la mesa y llama a sus hijos a cenar.

Mientras sirve la comida, el único que se percata de algo extraño es el hijo menor. Revolviendo con su cubierto, nota algo diferente en el plato, algo pequeño y huidizo que nada en su interior. No es hasta que pesca una H con su cuchara, que pega un grito a su madre. Ella sobresaltada mira dentro de la olla y observa el resultado de su sopa. Su cena se había transformado en una sopa de letras.

martes, 11 de junio de 2013

La bailarina


Se movía con estridencia,
como una fulguración
con movimientos contrarios pero enlazados uno al otro.
Se conjugaba con el escenario como un caudal
acaparando los límites del tablero.
Con límpida hilaridad se alzaba
como una ola crispada
ensortijándose en sí misma.
Danzaba como endemoniada,
poseída por aquel antifaz
que le regalaba la altura de la tarima.                                          

Envuelta en aquella puesta en escena perpetua
nacía y moría en aquel estrado
que era a la vez su cuna y cadalso.
Sus pies filosos quebraban el suelo
en incontables planos y proyecciones
 en un estallido de carne, madera y piel.

Exploraba los umbrales de su cuerpo.
Desbordaba la fuerza creadora de su baile.

domingo, 17 de marzo de 2013

El trompetista


Uno no puede detenerse, atarse un cordón suelto, sufrir un ataque de tos paralizante. Un pie, otro pie, sin obstruir la vereda, sin freno repentino o choque de hombros accidental. Es un juego de autitos chocadores a la inversa, más efectivo cuanto menor el contacto. Un caos de bolsas y tacos, de bocinas y voces. Brazos gastados ofreciendo volantes mudos, que cambian de manos sin leerse y que terminan aplastados en la marea de zapatos, entre carteles luminosos y vidrieras replicadas. Una sola masa que te tironea y te fragmenta en mil pedazos, en la que mil ojos cansados quieren cerrarse y por un segundo, no ver más que el revés de sus párpados, un tibio naranja aterciopelado.

Dentro de toda esta corriente de botones y bufandas, a la vuelta de la esquina, ahí al lado de la estación de subte, hay un banquito. Y sobre el banquito, una cara anaranjada, por cuya boca florecen notas aviadoras. Un trompetista náufrago, que toca para nadie, con un sombrero vacío plantado a sus pies. Se adivina una sonrisa detrás del instrumento dorado y, en sus ojos cerrados, se lo adivina a él. La gente pasa perdida y no lo nota, pero él tiende su red con paciencia y espera que alguna persona quede atrapada en los pistones de su trompeta. Vos respirás el aire exhalado por aquel pulmón de latón y te quedás encadenado al banquito, al hombre desconocido que sopla su alma en tu cara, imprimiendo en cada nota una huella digital.

Termina la canción y se encuentran sus miradas. En su cara hay una sonrisa gastada, como su saco verde, como su frente agrietada, pero satisfecha, limpia y canela. Tus dedos buscan ciegamente dentro de tu bolsillo y dejás caer en el sombrero negro tres monedas plateadas como él, para después seguír caminando por la avenida. Mirás para arriba, cubierto en terciopelo naranja, y mientras sigue fluyendo la marea de la calle, vos escuchás como la canción vuelve a empezar.

domingo, 16 de diciembre de 2012

El hombre de la imprenta


Levitan lunas lunáticas los lunes, 
noches en que baño mis ojos cansados 
lamiendo lagañas de papel,
escurriendo tinta de mis raíces,
lavando letras lánguidas.

Logro limpiarme lentamente, 
borrando de mis dedos azules 
los libros leídos. 
Pero admiro aquellos lugares 
limítrofes, latentes, 
que quedan dibujados en mi piel de imprenta. 

Maullidos


Ponía el oído a veces contra la puerta del terreno abandonado, en la que el candado y las cadenas inamovibles contrastaban con la fachada de madera roída. Escuchaba. 
Los maullidos venían de lo profundo, como si todo el baldío respirara, como si fuera un gato inmenso y solitario, quejándose. A veces encontraba en la vereda un par de gatos haciendo guardia, mirando desconfiados las manos desconocidas. Debatían girando sobre sus propias colas, preguntándose si el plato que tenía entre ellas traería veneno o comida, acostumbrados a que pocas cosas buenas suelen provenir de hombres con zapatos. Pero el hambre es siempre mayor y después de tantearlo un rato con el hocico, se acercaban al plato abandonado sobre puerta y empezaban a comer. Al minuto tenían compañía, salía a saludar el gato inmenso, los mil maullidos, mostrándole al hombre un esbozo de lo que tapan esas paredes gruesas, pintadas y cubiertas de carteles. Observaba la materialización de decenas de pulsos pequeños en cuestión de segundos, ojos desconfiados y dudosos seguidos de latidos hambrientos. 
Se imaginaba en esos momentos qué esconderían las mil paredes de la ciudad, si una ya ocultaba tantas panzas hambrientas y tanta vida olvidada. Cuánto escondería todo un laberinto de luces y cemento, cuántos platos harían falta para calmar todas las narices que olfatean el aire, todos los maullidos de la calle. 
Así se iba caminando, sintiendo sus manos más pequeñas que nunca y su plato un dedal.