¿Qué era -me detuve a pensar-, qué era lo que así me desalentaba en la contemplación de la Casa Usher?
- Edgar Allan Poe
- Edgar Allan Poe
Con un movimiento
automático vació el cenicero sobre las rocas, mirando desde su ventana cómo las
cenizas volaban hasta alcanzar las aguas negras. Se veían pocas cosas fuera del
agua profunda, que respiraba como una criatura viva. Aquel mar había dominado
su horizonte desde que tenía recuerdo: para Mariano las ventanas nunca dieron a
nada más que a ese animal oscuro y eterno. En
la casa de al lado, la única a kilómetros alrededor, se había asomado una chica
que nunca había visto antes. Permaneció ahí, fumando y observando el mar, como
un espejo de su ventana, hasta desaparecer tras las primeras señales de la
tormenta.
Era una noche similar a la de aquel día, en la cual Lucas se
marchó.
Caía la lluvia sin intensidad, las gotas se sostenían en el aire y los ahogaban
en un mismo infierno húmedo. Apenas se distinguía la silueta del auto a través
de la niebla, alejándose con Lucas por la única ruta de tierra que comunicaba aquél
lugar perdido con el resto del mundo. Por fin había visto las grietas que
Mariano escondía dentro y decidía huir.
Había
vivido ahí con su hermano desde que tenía recuerdo. Era una herencia de su
padre, que también les había dejado su huerta, su taller, su camioneta y una
vieja relojería. Él había comprado aquella vivienda poco después de la muerte
de su madre, que había fallecido en un accidente de auto cuando eran chicos. El
resentimiento de su padre después de aquel incidente se extendió a la ciudad
entera, a la que culpaba en su totalidad. No bien hubo terminado de enterrar a
su mujer vendió su casa y compró esta, el fantasma de lo que antes pudo haber
sido una bella casa. Ellos se criaron pescando entre las piedras, nadando y
jugando en la inmensidad de las planicies que la rodeaban. Teniendo solo un año
de diferencia, Lucas el mayor y Mariano el menor, podían confundirse desde
lejos con gemelos, mientras corrían por las rocas. Pero a medida que iban creciendo
comenzó a notarse una diferencia entre ellos. Lucas fijaba cada día más sus
ojos en la lejanía, observando el horizonte donde se perdía la ruta. Mariano,
por su parte, notaba aquellas miradas con desconfianza y aprensión, temiendo lo
que traerían. Nació un permanente tironeo entre los dos, como si una cuerda
tensada entre sus cuerpos se debatiera en una lucha entre inmovilidad y huida. Con
la muerte de su padre, Lucas terminó encargándose de hacer el recorrido todos
los días al negocio -vivían lejos del centro, a las afueras de la ciudad-
porque Mariano ya no soportaba lidiar con los clientes, decía que lo agotaba.
Así
fue como la conoció. Su nombre era Marina. No hablaron mucho sobre ella los
primeros días, pero Mariano sintió cómo aquella Marina entró en la casa a
través de las repentinas sonrisas de Lucas, su mirada distraída, sus llegadas
tarde. Era como si trajera retazos de la ciudad con él. Había noches donde ni
siquiera volvía. En aquellas ocasiones, Mariano permanecía frente a la ventana
de su cuarto, con un sentimiento de fatalidad apenas contenido. La casa sentía
el cambio y se iba cerrando sobre él, culpándolo por aquella traición.
Los
días se transformaron en meses y la nueva relación de Lucas continuaba. Un día
trajo una foto para que Mariano la viera. Grabó en su memoria aquel rostro
sonriente, enmarcado por una cabellera lacia y negra parecida a la de Lucas. Estando
ya solo en su cuarto, se quedó observándola más tiempo. Lucas se había olvidado
de pedirle la fotografía de vuelta y él la había guardado disimuladamente en su
bolsillo. Marina se asemejaba a su
nombre, tenía una extraña afinidad. Era una versión femenina de Mariano. Marina, alejando a Lucas del mar. Mientras observaba la imagen, se
fue apoderando de él una idea. Necesitaba conocerla. Esa noche no pudo evitar soñar
con una cabellera negra.
Pocos
días después, Lucas sufrió un accidente mientras arreglaba el techo de la casa.
Se encontraba bajando las escaleras, cuando sintió que uno de los peldaños cedía ante sus pies. Perdió
el equilibrio y cayó bruscamente al piso. Una pierna rota y dos meses de yeso,
había dicho el médico. Mariano no paraba de pedirle perdón por no haber
chequeado la escalera antes y por no haberlo ayudado. Luego de aquel accidente,
Mariano empezó a atender el negocio, mientras Lucas se quedaba en la casa. Así
fue como finalmente la conoció.
Cuando Marina entró a la tienda, estaba segura de que
encontraría a Lucas. Solo después de que Mariano se hubiera presentado, ella se
relajó. Físicamente tenía muchos rasgos parecidos a él: sus ojos oscuros, su
mandíbula marcada, la forma de su boca. Pero eran muy distintos a su vez. Mariano
era más alto y flaco, con hombros rígidos y espalda recta; contrastaba con el
gesto relajado y abierto de Lucas. Sobre todo le llamaba la atención la diferencia
en sus miradas. Aunque del mismo color, la de Mariano era un enigma. Podía
sentirla sobre ella mientras caminaba por la tienda, observando los relojes que
se exhibían en la vidriera, sin prestarles atención realmente. Percibía la
intensidad con que la miraba y la hacía sentir pudorosa. Mariano le preguntó si
podría venir a visitarlo otra vez, quería conocerla y se aburría en la tienda
estando solo. Por un segundo, Marina intentó buscar una forma de excusarse,
pero enseguida se convenció que no había razones para eso. No entendía la caprichosa
desconfianza que le producía Mariano, pero no podía evitar preguntarse qué
había detrás de aquellos ojos. Parecían imanes, o más bien, trampas.
El camino desde su casa al trabajo
la hacía pasar por enfrente de la relojería. La rutina que tenía hasta
entonces, donde siempre visitaba a Lucas, repentinamente se distorsionó, como
una imagen refractada en el agua. Porque ya no era él el que la saludaba desde
detrás del mostrador y la invitaba a pasar. La hacía sentarse en un banco al
lado suyo, le servía café y le preguntaba cosas sobre su vida. Mariano hablaba
poco de él y cuando ella le preguntaba por su estado, él se remitía a decirle
que se encontraba igual que siempre y después simplemente cambiaba el tema. Ya
no dejaba lugar para su hermano en aquellas visitas. Como no tenía otra forma
de transporte, Mariano a veces la llevaba en su camioneta a visitar a Lucas.
Cuando lo veía, sentía un peso levantarse de su pecho y siempre le prometía que
vendría más seguido. Pero a la vez, le incomodaba estar en esa casa. Abrigaba un
extraño malestar cuando veía a Lucas y Mariano en el mismo cuarto. Como si los
dos no pudieran existir a la vez, como si fueran dos caras de una sola moneda.
Lo sentía cada vez que dormía en brazos de Lucas y oía los pasos de Mariano
subiendo las escaleras.
Cuando Lucas volvió después de su
recuperación, Marina creyó que ya no vería más a Mariano. Pero él continuó
yendo a la tienda, turnándose con su hermano. Ahora, cuando pasaba por enfrente
del local, no sabía cuál de ellos estaría esperándola. Detrás del mostrador su
fundían ambas figuras de forma surrealista. Le parecía que los gestos de
Mariano se asimilaban cada día más a los de su hermano y esa duplicidad jugaba
con su lucidez.
Se acercaba una tormenta. Mariano
observó las nubes grises agolpándose en el cielo rojizo de la madrugada,
mientras calentaba el motor de la camioneta. Lucas le había contado sus planes
la noche anterior, le había pedido permiso para usar el anillo de su madre.
Mariano sabía desde hace tiempo lo que se avecinaba, pero no pudo evitar su estupor
ante la noticia, que llegó antes de lo imaginado. Su hermano le había dicho que
había encontrado un trabajo en una ciudad grande a varios kilómetros de ahí, a
través de un tío cuyo nombre recordaba muy vagamente y cuya cara nunca había
visto. Tanto él como Marina tenían ambiciones fuera del pequeño pueblo, había
explicado, y si ella aceptaba casarse con él, sabía que eso la haría feliz. Ese
día iría a buscar una casa a dónde mudarse y a sellar el contrato con su tío. Había
un micro que lo llevaba, pero llegaría tarde y pidió que no lo esperara a cenar.
Mariano solo asintió, mientras miraba a su hermano sonreír y pedirle que no
pusiera una cara tan trágica, prometiéndole que lo vendría a visitar. Viendo la
inocencia en sus ojos, supo que Lucas nunca comprendería sus razones y lo
embargó por un segundo la debilidad de la culpa. Esa noche, en los pocos
momentos en que pudo dormir, sus sueños se habían vuelto a plagar de melenas
oscuras y de una voz familiar que lo llamaba.
Ese día invitó a Marina a cenar en
su casa. Previendo sus dudas ante la proposición, agregó que Lucas había
viajado por el día, pero que seguro se pondría feliz de verla cuando volviera. El
viaje por la ruta se dio en silencio. Le parecía que Marina se esforzaba por no
hacer contacto visual, consciente de la cercanía de sus cuerpos en aquel
espacio reducido. A lo lejos se escuchaban los truenos.
Finalmente llegaron a la casa,
cuando ya caían las primeras gotas. Empezaba a anochecer y la casa estaba fría
e inmersa en penumbras. Mariano comentó que probablemente Lucas se atrasaría por
la lluvia. Mientras preparaba la comida sentía a sus espaldas cómo Marina
recorría la casa y cómo, sin saber en qué ocupar sus manos, levantaba fotos
viejas o acomodaba los almohadones del sillón. El teléfono sonó: era Lucas,
avisándole que ya estaba en camino. Mariano miró el reloj y calculó que tendría
por lo menos dos horas de viaje desde donde se encontraba. Cuando ella le
preguntó quién había llamado, él le dijo que parecía que Lucas no volvería esa
noche, que se había inundado el camino.
Sirvió la cena y ambos se sentaron
a comer. Marina se sobresaltaba cada tanto con los ruidos de la casa. De
repente se oyó un fuerte golpe en el techo y se encontraron a oscuras. Debía
haber sido la tormenta, comentó Mariano sin sobresaltarse. Se incorporó a
buscar unas velas en la cocina. Cuando volvió, encontró a Marina en el piso; se
había tropezado en la oscuridad. Intentó ayudarla, pero cuando se agachó, una
brisa apagó rápidamente la llama de su vela y quedaron de nuevo envueltos en la
penumbra. Él palpó en el piso la figura de Marina y la sintió temblar al
percibir su respiración a centímetros de su cara. Todo sucedió muy rápidamente,
en el anonimato de la oscuridad. Sus labios se posaron sobre los de Marina y se
selló un acuerdo implícito entre ambos. La sonrisa de Mariano se perdió en la
oscuridad, invisible para ella. Lo siguió sin pensar cuando él tomó su mano y
la dirigió hacia su cuarto.
Cuando Lucas llegó a su casa, la encontró
inmersa en la oscuridad. Probó el interruptor y confirmó que la electricidad se
había cortado. Iba a buscar una vela, pero se sorprendió al escuchar ruidos que
parecían venir de su cuarto. Al abrir la puerta, tardó en entender lo que veía.
Fue solo a medida que sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, que pudo
observar lo que iluminaba la pálida luz de la luna a través de la ventana. Pero
sobre todo fueron las voces, inconfundibles. Unos gemidos que no podían
pertenecer a nadie más. Y abajo de ella, escrutándolo con su mirada, estaba
Mariano. Lucas huyó de la habitación, dando un portazo que desconcertó a Marina,
sentada de espaldas a la puerta.
Mariano lo había oído llegar desde
que escuchó las llaves en la puerta de entrada. Pudo adivinar en la oscuridad
su expresión de dolor y confusión. Más allá de la cabellera de Marina, podía
entrever el pelo oscuro de Lucas, que se fundía con el que aparecía en sus
sueños. Cuando lo vio desaparecer, seguido por Marina, que corría detrás suyo
tratando de buscar una explicación inexistente, supo que había ganado. Ella
volvió después de un tiempo, agotada y derrotada, llorando. Él había prendido
algunas velas y la casa ahora estaba envuelta en largas sombras. Sin mirarla,
le dijo que era hora de que se fuera a su casa. Marina parecía no comprenderlo,
así que tuvo que ser más claro. Más valía que no apareciera más por su casa, ni
cerca de Lucas, le dijo. Le tomaría un tiempo llegar caminando a la ciudad, así
que debería empezar ya, agregó. Ante aquellas palabras, ella permaneció muda. El
desprecio y la angustia se dibujaban en su rostro a medida que comprendía las
dimensiones de aquel engaño. Terminó de vestirse rápidamente y casi corriendo
se marchó de la casa, no sin antes maldecir a Mariano en un murmullo sofocado
por el llanto. No se sentía responsable. Solo gracias a ella el plan había
funcionado. Su preocupación se dirigía hacia Lucas, que ya se había marchado
hacía un tiempo y todavía no volvía.
Cuando escuchó de vuelta el ruido
de la puerta, Lucas entró empapado y tiritando. Mariano se apresuró a acercarle
una manta, pero él la arrojó al piso y se alejó. Por un momento no se dijeron
nada, Mariano soportó en silencio la mirada de rencor y dolor que se le dirigía.
Podía explicarlo, dijo. ¿Qué podría explicar?, le preguntó su hermano. En su
propia cama, con el anillo de casamiento en su bolsillo. ¿Qué podría decir para
intentar arreglar las cosas, cuando lo había visto con sus propios ojos? En su
enojo y excitación, Lucas no notó que Mariano acortaba la distancia entre
ellos. No era Marina quien le importaba, dijo Mariano, pero Lucas no parecía
escucharlo. Los labios que rozaron su boca lo tomaron por sorpresa. Se echó
atrás sobresaltado, con sus ojos abiertos a más no poder. Siempre estuvo
pensando lo que era mejor para él. No la necesitaban. Si ella había sucumbido
tan rápido a su seducción, ¿no veía lo que hubiera pasado en el futuro? No lo
merecía. Su lugar estaba en esa casa. ¿No entendía que sus nombres estaban
inscriptos en ella? No podían dejarla sola. Aferró el brazo de su hermano.
Necesitaban permanecer juntos, los tres. La mirada de estupefacción de su
hermano se volvió una de espanto. Se había vuelto loco, murmuraba. ¡Esa casa era
solo el fruto del resentimiento incurable de su padre! Había un mundo allá
fuera, no podía negarlo y obligar a Lucas a darle la espalda también. Si quería
quedarse atado a este lugar maldito que lo hiciera, pero se quedaría solo por
el resto de su vida, exclamó mientras se liberaba del brazo de Mariano. Le dio la
espalda a su hermano y desapareció tras la puerta de su cuarto.
Mariano sabía que estaría molesto
al principio, había contado con eso. Pero lo tomó por sorpresa verlo resurgir
de su cuarto con una valija y encaminarse hacia la entrada. Desde el marco de
la puerta, observó cómo subía a la camioneta, sin dirigirle ni una última
mirada. Mariano se adelantó, queriendo detenerlo, pero Lucas ya había
arrancado, dejándolo atrás. Permaneció inmóvil, mientras las gotas se deslizaban
por su frente. Ya volvería.
Habían pasado varias semanas desde
aquel episodio. Los días se sucedían en un eterno letargo, uno tras otro. No
había emitido una sola palabra desde entonces. Ya no se molestaba en ir al
pueblo. Ahora todo parecía pura irrealidad, una enorme fantasmagoría. Su única
realidad siempre se había limitado a aquel techo, las rocas, el mar y la voz de
Lucas llamándolo. Se había convertido en el único habitante de un mundo
abandonado. Los alimentos se le estaban agotando, pero no lograba preocuparse
por eso. Todo el día crujían las maderas de la casa, como si hubiera otra gente
viviendo con él. Eso solo lo hacía más consciente de su soledad real.
Hace unas semanas, había
descubierto a la nueva inquilina de la casa vecina. Sabía que antes solo vivía
ahí un viejo marinero, debía tratarse de alguna nieta o sobrina. Siempre se
sentaba frente a una ventana que miraba al mar, que diagonalmente también daba
a su cuarto. Esto le permitía espiar su perfil. Era el único rostro humano que
veía en las últimas semanas. Por más que nunca hubiera hablado con ella y ni
siquiera hubiera capturado su mirada, imaginaba que encarnaba una soledad
parecida a la suya. Eran vecinos, pero los separaba una distancia
inquebrantable, como líneas paralelas y solitarias que nunca se cruzarían. Su
presencia muda lo aliviaba en cierta forma. Cuando él no la miraba, ¿lo
escrutarían sus ojos como él hacía con ella, preguntándose por su historia? Le
gustaba imaginarse algún día contándole su vida a aquella desconocida, para
exorcizar la casa y a sí mismo. Pensaba esto todas las tardes, mientras se
desangraba el sol sobre las olas negras y el cuarto quedaba en la penumbra. No
tenía energía para molestarse en prender la luz.
Esa mañana cuando se despertó, su
tío ya estaba de vuelta en casa, sentado en la cocina. Al lado suyo, se hallaba
un hombre uniformado, cuyas palabras murmuradas no llegaba a escuchar. Nadie
nunca les hacía visitas. Esperó en las escaleras hasta que se despidieran, antes
de terminar de bajar. Tardó un rato en sacarle la historia a su tío, era un
hombre obstinadamente reservado. Dijo que lo habían hallado ahí, sobre una
silla, inmóvil. Fue gracias a un viejo cliente que venía a reclamar un pedido
inconcluso. Él no llegó a verlo, el olor lo detuvo en la entrada, pero sí llamo
a la policía para que viniera a investigar. Había contado que la puerta no
cedía al principio, tuvo que usar toda su fuerza para girar el picaporte, como
si alguien lo estuviera reteniendo del otro lado. La policía no podía explicar
lo sucedido. Se determinó la muerte por inanición y deshidratación, pero las
puertas estaban abiertas. Ninguno quiso permanecer más de lo necesario y
cerraron el caso rápidamente.
Ella no recordaba haber visto a
nadie adentro. Desde que llegó, las luces siempre estuvieron apagadas y nunca
escuchó el menor ruido. Esa mañana notó por primera vez que su ventana daba a
otra igual en la casa vecina. Todo este tiempo, había habido un hombre viviendo
al lado en esa oscuridad. ¿Qué habría pasado ahí dentro? Su tío la llamó a
comer. Ella cerró su ventana y desvió su vista. El olor a quemado subió desde
la cocina y con fastidio pensó en la comida arruinada. El recuerdo de la casa
desapareció de su cabeza, como también el del desconocido. Nunca supo siquiera
su nombre. La casa seguía en pie, como un enorme ataúd sosteniéndose frente al
mar.