domingo, 28 de octubre de 2012

Desconocidos


Nos estamos hamacando en este ir y venir desde hace rato, desde que me miraste y te descubriste reflejada desde el otro lado. En eso estamos todavía, haciéndonos los indiferentes, mientras observo la curvatura de tu boca. Puedo tratar de ignorar esa curva roja, tu boca cerrada y fruncida que censura gestos, que forma un gancho para sujetar fuerte mi mirada. En este acuerdo tácito, este permiso para investigarnos y recorrernos con los ojos furtivamente, nos invadimos de a poco, violamos nuestros espacios y nos llenamos de esa adrenalina que acompaña el sabernos intencionalmente indiscretos. De repente nos cruzamos nuevamente las miradas, nos enfrentamos pasivamente, espías descubiertos en el acto. Ahí es cuando ceden las comisuras de tus labios, sonreís y es un pasaje, una puerta abierta. Hay algo curioso en saberse observando algo por primera vez, la magia de que seas una completa desconocida y tu gesto completamente nuevo. Al segundo tu sonrisa encuentra su espejo y florece en mis labios, que te devuelven el saludo en un ida y vuelta. La distancia que nos separa se acorta sin dar un paso, en esta habitación abarrotada de gente, en esta fiesta sin música, en la que tu cara desconocida en un instante deja de serlo.

Cómo matarte por antojo


Mastico mi conciencia gajo por gajo,
exprimiéndola con violencia,
tragando pulpa y semilla.
Mi garganta se cierra más de lo que quisiera
cuando descubro en mi lengua la acidez,
ese gusto a escalofríos
de saber mi transgresión.
Se rebelan los personajes de mi biografía
en la cáscara deshecha, en los pliegues rugosos,
en los minúsculos detalles de pieles rotas.
Ahí estás vos, en la punta de mis dedos,
en mi boca endulzada, en mi panza satisfecha,
en mis venas vivas, en mi sangre hirviendo,
en la tortuosa costumbre de no dejarte escapar.
Te como sin preguntar, sin pensar, puro instinto.
Sos tan fácil de desgajar que me olvido que no puedo,
mis dedos te buscan, hincan uña,
te desnudan y desangran
y en este vil ritual 
te sacrifico a mi capricho
te lastimo, otra vez, en esta maldita práctica
de empalagarme de noche y desaparecer de día.