domingo, 23 de septiembre de 2012

Cadáver de noche, bondi de madrugada


A veces todo se reduce a un mar de baldosas y el sabor de gritos, sudor y alcohol en tu garganta. Tres cuadras, una plaza, negocios cerrados, persianas bajas, llegar a la esquina y doblar a la derecha, 15 pasos y una parada de colectivo.
En esos segundos, minutos, que forman días enteros ocupados en ir y venir, caminando por calles desiertas con pasos cansados, las cosas tienden a desdibujarse como fotografías pixeladas. Querés atravesar de un salto las ventanas de los edificios dormidos y espiar a la gente que duerme, ahogarte en la curva que te espera el final de cada cuadra, ver que se esconde detrás de todo, desentrañar las cosas como si diseccionar madrugadas fuera tu vocación, tu vida, la esencia de cada una de tus domingos. Ya no sabés dónde acaban los techos de las casas y donde empieza el cielo y en tus ojos latentes, las copas de los árboles parecen de acuarela y se destiñen, se vuelcan en un horizonte con olor a sal, a velas y vuelo.
La sensación de tus dedos fríos cargando esa liviandad de plumas, de noche deshecha, de café oscuro. La resaca de un sueño enredado aferrándose al marco de tus lentes, esperando que caigan tus párpados, que se niegan, que no descansan, y un poco más de café oscuro para que se lleve el sabor de las horas muertas.
Tus ojos nublados caminan más rápido que tus pies y ven todo con la desesperación de saberse descolocados, de saber que los demás ojos con los que se cruzan no miran igual. Todos cargan con su resaca de blanca almohada, de sueño deshilachado y guardado bajo llave, de mirada enfocada más para adentro que para afuera. Miradas de traje, miradas con sabor a dentífrico, a pan caliente, a costumbre matinal. Y en la tuya, los techos de las casas se siguen volando y los árboles ya no acaban en ningún lugar, solo suben o bajan infinitamente, serpientes mordiendo su propia cola en una danza inacabable.
A veces te preguntás sobre qué estarán apoyadas las baldosas que parecen tan frágiles, tan inseguras a las 6:30 am. Te preguntás si alguna vez duermen y simplemente dejan que el mundo caiga y se estrelle con la nada misma. Tal vez descansan apoyadas sobre raíces, las que se esconden debajo de la ciudad, las raíces de árboles tristes, encerrados entre cuatro paredes de cemento sobre la vereda. Sabés que rebalsan, que son tanto más que esas líneas grises que los contienen. Y te gusta pensar, que caminás sobre un laberinto, sobre algo vivo, que en cualquier momento te puede tragar y acunar en sus brazos de clorofila y dejarte por fin cerrar los ojos, bajar los párpados. Te gusta pensar que cuando los abras vas a descubrir tus dedos fríos convertidos en hojas con olor a noche, humo y a cientos de respiraciones apretadas. Verdes tus uñas y las yemas de tus dedos brotando, robándose oxígeno e intoxicando el aire nocturno. Porque en la oscuridad, sin testigos ni luz que las delate, las plantas cambian sus máscaras. La venganza de miles de pequeños seres, que cuando huye la luz del día abren un segundo par de ojos y se dejan ver como son y se roban el aire que supieron darte en el refugio del sol. Alzan sus hojas y suben, desafiantes e infinitas, por unas horas, para volver a plantarse en la tierra con el primer rayo, con la tristeza de un mar de baldosas, con el sabor a gritos, sudor y alcohol en sus gargantas, gente dormida, dedos fríos que cargan el cadáver de la noche.
Llega el bondi vacío y te quedás dormido sobre la ventana sabiendo que cuando despiertes ya no te vas a acordar del vértigo de las baldosas flojas ni lo que esconden. Una serpiente mordiendo su propia cola y girando, cada noche igual.

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