martes, 11 de junio de 2013
La bailarina
Se movía con estridencia,
como una fulguración
con movimientos contrarios pero enlazados uno al otro.
Se conjugaba con el escenario como un caudal
acaparando los límites del tablero.
Con límpida hilaridad se alzaba
como una ola crispada
ensortijándose en sí misma.
Danzaba como endemoniada,
poseída por aquel antifaz
que le regalaba la altura de la tarima.
Envuelta en aquella puesta en escena perpetua
nacía y moría en aquel estrado
que era a la vez su cuna y cadalso.
Sus pies filosos quebraban el suelo
en incontables planos y proyecciones
en un estallido de carne, madera y piel.
Exploraba los umbrales de su cuerpo.
Desbordaba la fuerza creadora de su baile.
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