Ponía el oído a veces contra la puerta del terreno abandonado,
en la que el candado y las cadenas inamovibles contrastaban con la fachada de
madera roída. Escuchaba.
Los maullidos venían de lo profundo, como si todo el
baldío respirara, como si fuera un gato inmenso y solitario, quejándose. A
veces encontraba en la vereda un par de gatos haciendo guardia, mirando desconfiados
las manos desconocidas. Debatían girando sobre sus propias colas, preguntándose
si el plato que tenía entre ellas traería veneno o comida, acostumbrados a que
pocas cosas buenas suelen provenir de hombres con zapatos. Pero el hambre es siempre mayor y después de tantearlo un rato con
el hocico, se acercaban al plato abandonado sobre puerta y empezaban a comer.
Al minuto tenían compañía, salía a saludar el gato inmenso, los mil maullidos, mostrándole al hombre un esbozo de lo que tapan esas paredes gruesas, pintadas y cubiertas
de carteles. Observaba la materialización de decenas de pulsos
pequeños en cuestión de segundos, ojos desconfiados y
dudosos seguidos de latidos hambrientos.
Se imaginaba en esos momentos qué esconderían las mil paredes de la
ciudad, si una ya ocultaba tantas panzas hambrientas y tanta vida olvidada. Cuánto
escondería todo un laberinto de luces y cemento, cuántos platos harían falta
para calmar todas las narices que olfatean el aire, todos los maullidos de la
calle.
Así se iba caminando, sintiendo sus manos más pequeñas que nunca y su plato
un dedal.
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