Nos estamos
hamacando en este ir y venir desde hace rato, desde que me miraste y te
descubriste reflejada desde el otro lado. En eso estamos todavía, haciéndonos
los indiferentes, mientras observo la curvatura de tu boca. Puedo tratar de
ignorar esa curva roja, tu boca cerrada y fruncida que censura gestos,
que forma un gancho para sujetar fuerte mi mirada. En este acuerdo tácito, este
permiso para investigarnos y recorrernos con los ojos furtivamente, nos
invadimos de a poco, violamos nuestros espacios y nos llenamos de esa
adrenalina que acompaña el sabernos intencionalmente indiscretos. De repente nos
cruzamos nuevamente las miradas, nos enfrentamos pasivamente, espías
descubiertos en el acto. Ahí es cuando ceden las comisuras de tus labios,
sonreís y es un pasaje, una puerta abierta. Hay algo curioso en saberse observando
algo por primera vez, la magia de que seas una completa desconocida y tu gesto
completamente nuevo. Al segundo tu sonrisa encuentra su espejo y florece en mis
labios, que te devuelven el saludo en un ida y vuelta. La distancia que nos
separa se acorta sin dar un paso, en esta habitación abarrotada de gente, en
esta fiesta sin música, en la que tu cara desconocida en un instante deja de
serlo.
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