Vomito vocales, vanamente
verborrágica.
Lo visito así, con sonrisa pintada y brillos baratos,
sentándome en su silla cuál león de circo adiestrado, escondiendo las garras en
el almohadón, así dibujada, hecha una postal. Volcando vanidades sobre su
alfombra, le hablo de mis viajes, de mi marido, de mi mundo. Mientras mi boca canta
estas trivialidades, se me congela de a poco la espalda. Mis frivolidades
suenan como uñas sobre un pizarrón, un
escalofrío eterno en mi cuello desnudo. Él no llega más allá del hola, del
ofrecimiento de café y de un sincero y diminuto cómo andás, antes de ser
arrinconado por mi discurso escrito, preparado de antemano, obscenamente
calculado. Diez años increíbles, le repito con insistencia a cada rato, tantas historias
para contar, tantas ventanas y tantos paisajes -uno por cada ciudad desembarcada- y dentro de ese remolino de vida, yo. Con voz acelerada, le agradezco por el empujón hacia la boda, se lo atribuyo
todo a él, a ese último encuentro necesario donde logró convencerme de que era lo mejor.
Me enmudezco de repente, tomo un descanso, respiro y bajo la mirada.
Vuelvo a alzar la vista del suelo y lo miro por primera vez desde que
entré. Observo esta casa que pudo haber sido mi casa y a este hombre que pudo también haber sido mío. Lo miro y lo veo. Me sonríe con una de sus eternas sonrisas
gastadas y me invade la rabia, porque encuentro sus ojos llenos de compasión,
llenos de entendimiento e infinitamente pacientes. Descubro en ellos los ojos
de un viejo que me mira como a una hija y me tienta a quebrarme,
astillar mi figura, caer al piso y largarme a llorar. No había servido
de nada el acto, porque estábamos ahí los dos y se sentía el paso de los años. Yo
ya no era tan joven y en su pelo apagado nacía la ceniza, en el aire flotaban
nuestras vidas caminadas. Me sentí hundirme en la miseria de los cambios, de
las elecciones hechas. Ante mi resignación trágica, él solo rellenó mi taza de
café y luego de unos segundos me dijo: Te extrañé.
Algo tan simple como eso, desdibujó mi personaje y me hizo
callar. Volví a ser la joven en sus vientipico, comprometida con un hombre al que le tenía cariño, con el que me casaría porque sí, porque era lo esperable,
porque un futuro sin sorpresas era más fácil que desbandarlo todo. Y él, él con
sus libros, él con sus palabras, sus subibajas y sus historias, él que me daba
antojo de sorpresas, que me mostraba mi jaula sin que se lo hubiera pedido. Cuando lo veía, sentía que él había viajado más que lo que yo en diez años, sin moverse de su casa. ¿Cómo no enamorarse de aquél hombre de sonrisa gastada y ojos claros? Aunque no
cambiara nada y durara lo que dura un día. ¿Cómo olvidarse de un día para otro
el camino a su casa? Un camino que había aprendido por casualidad, charlando
con un desconocido en la plaza. No entendía como había logrado ese desconocido
conocerme en pocos meses tanto como mi esposo en años. Lo había amado locamente
como se ama algo destinado a terminar, con fecha de vencimiento. Tal vez lo
había elegido por eso, porque sabía que no iba a perseguirme cuando me fuera,
porque me quiso el tiempo que me tuvo y sólo eso, sabiendo de antemano todo lo
que vendría al año, mi destino de esposa nómade, recién casada y ya embarcada,
para pasar años sin echar raíces, pisando mil costas nuevas de la mano de mi nuevo
marido el capitán de barco.
Y ahora, acá estábamos, en un juego vacío donde las reglas yacían olvidadas. Yo, con mis temperas corridas por el agua salada de
diez años de mar y costa. Él, el mismo de siempre, pero envejecido, con su
biblioteca más empolvada, con sus historias más olvidadas, pero el mismo
desconocido de la plaza. Y frente a él, por fin pude desentumecer mis músculos
y abandonar mi pose, borrar diez años de mi vida que supieron erosionarme la
piel.
Su mano acarició mi cara como tantas veces antes, con una
suavidad casi dolorosa, mientras susurraba mi nombre. Me sentí por un momento
un relato más de sus libros, la mujer de mar que toca tierra una vez cada diez
años, esperando encontrar a su amante y que por la mañana la devuelva al agua. No
era mi culpa solo poder ver así la
belleza, una belleza terminal con fecha de vencimiento, una belleza efímera a
la que sujetarse momentáneamente, un hombre de ojos claros al que amar hasta
que me raptara la marea.
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