Mil mareos movilizan mis maniatados martes, mis
miércoles mejor mirarlos morir. Mis martes minados, muerden mis manos, masticando
mi modestia.
Llega la noche y yo mirando la puerta, mirándote. Con paso
lento y acompasado entrás en la habitación y con los mismos pasos te vas. En el
medio estoy yo, un paso más, lento y acompasado hasta que despunta la mañana. Hasta
ese momento soy una mujer sin miedos y puro instinto, hasta ese minuto no toco
el suelo ni me detengo a respirar. Es cuando te vas, luego de esos infinitos
ceros, al llegar el nuevo día, ese día de muerte y olvido, de madrugadas
solitarias y café destinado a enfriarse en su taza, mañanas desnudas en el
balcón; mañanas de humo e insomnio; que caigo al piso bruscamente.
Mis malditos miércoles,
mis múltiples muertes.
Venís sin promesas, pura verdad. Sería más fácil si todo
fuera un crimen, un engaño, una estafa. Pero sos tan mezquino que me robás
hasta el derecho de acusarte. Maldigo tus idas tanto como amo tus llegadas, tal
vez más, tal vez menos. Después de todo sigo abriéndote la puerta todas las
semanas, para que entres como un gato a mi casa y como un gato te vayas, para nacer y morir en cuestión de horas.
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