lunes, 3 de diciembre de 2012

La petite mort


Mil mareos movilizan mis maniatados martes, mis miércoles mejor mirarlos morir. Mis martes minados, muerden mis manos, masticando mi modestia.

Llega la noche y yo mirando la puerta, mirándote. Con paso lento y acompasado entrás en la habitación y con los mismos pasos te vas. En el medio estoy yo, un paso más, lento y acompasado hasta que despunta la mañana. Hasta ese momento soy una mujer sin miedos y puro instinto, hasta ese minuto no toco el suelo ni me detengo a respirar. Es cuando te vas, luego de esos infinitos ceros, al llegar el nuevo día, ese día de muerte y olvido, de madrugadas solitarias y café destinado a enfriarse en su taza, mañanas desnudas en el balcón; mañanas de humo e insomnio; que caigo al piso bruscamente.

Mis malditos miércoles, 
mis múltiples muertes.

Venís sin promesas, pura verdad. Sería más fácil si todo fuera un crimen, un engaño, una estafa. Pero sos tan mezquino que me robás hasta el derecho de acusarte. Maldigo tus idas tanto como amo tus llegadas, tal vez más, tal vez menos. Después de todo sigo abriéndote la puerta todas las semanas, para que entres como un gato a mi casa y como un gato te vayas, para nacer y morir en cuestión de horas.


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