Ventanas abiertas de par en par susurrando las verdades de
un millar de personas. Retazos de conversaciones, el ruido de agua hirviendo,
toses, gritos, las voces de la telenovela. Y un oído atento escuchándolo todo,
recopilando las vidas de la gente de la cuadra.
Ricardo, presencia inalterable en la puerta del edificio de
Lavalle, sentado sobre su escalón, diario a medio leer en las manos, prestando
su oído al mundo. Era lo mismo todos los días, desde que asomaba el sol sobre
los balcones enrejados. El mate amargo con tostadas, la baldeada diaria a la
vereda, rito de portería, y el momento de sentarse. Desde su lugar
privilegiado, prestaba atención al desfile de vecinos, actores laboriosos que
sabían de memoria su guión.
Primero, madrugadora, la vecina del 1ro D, cantante de ópera jubilada con una voz lejos de estarlo. Todas las mañanas junto a la ventana daba su concierto privado, acompañada por el ruido de persianas y locales abriendo, canción con olor a pan caliente de la panadería de la esquina. Ricardo, página va, página viene, asistiéndola con el golpeteo de su zapato sobre las baldosas. Para cuando terminaba el primer acto y la cantante hubo vuelto a su jaula de ladrillos, ya estaba despierta la familia del 2do E. Era el momento de los gritos por cereal con leche, las corridas en busca de medias, el ir y venir y los vamos que es tarde, mientras Ricardo resolvía los crucigramas con tinta y ceño fruncido. Más abajo, en el 1ro B, sin interludio, un violín siendo afinado; la estudiante de conservatorio en su ensayo matinal, dirigiendo un dueto con los ladridos del perro del 3ro A, que retumbaban desde el balcón, mientras eran salteados los avisos fúnebres y los clasificados en favor de los espectáculos y las tiras de historieta.
A Ricardo le gustaba abstraerse un poco en esos momentos, sentirse él un poco instrumento de cuerda, sentir que era a él al que afinaban y preparaban para el día; el placer de la rutina querida que sienta raíces en la piel de uno y se nos dibuja sobre las huellas digitales. Llegada la última página, cerraba el diario y entraba nuevamente al edificio con alegre pasividad, aquellas mañanas de portería.
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